Las creencias son juicios o afirmaciones que consideramos verdades sobre el mundo, otros individuos, y sobre nosotros mismos. Son producto de una interacción compleja entre factores biológicos, culturales, psicológicos, procesos cognitivos, validación social, educación y medios de comunicación. Surgen y las incorporamos a nuestra personalidad en las diferentes etapas del desarrollo personal, influyendo de manera significativa en nuestras emociones, percepciones, juicios y decisiones, así como, en la forma como interpretamos y entendemos el mundo en nuestro entorno a lo largo de la vida.
 
La integración de las creencias en la personalidad se produce desde la infancia por experiencias impactantes, refuerzo, repetición y aceptación, con una fuerte incidencia en la autoestima y la capacidad de respuesta positiva ante las dificultades que se nos puedan presentar en cualquier rol de la vida.
 
Las creencias pueden ser potencializadoras o limitantes. Son potencilizadoras cuando las internalizamos a partir de experiencias positivas, como recibir elogios frecuentes, logros significativos, amor y apoyo emocional incondicional. Son limitantes, cuando son producto de experiencias traumáticas, como el fracaso en un cometido importante, críticas desmedidas o refuerzo negativo constante.
Los factores biológicos intervienen en la formación de creencias. Estudios en psicología y neurociencia, como la hipótesis del cerebro social, propuesta por el antropólogo Robin Dumbar en la década de 1990, sugiere que ciertas predisposiciones biológicas, como la tendencia a atribuir pensamientos, intenciones y emociones a otros (teoría de la mente), permiten al individuo predecir el comportamiento de otros, lo cual influencia nuestras creencias sociales. Estudios sobre la estructura y función cerebral, han mostrado que, por ejemplo, la corteza prefrontal está involucrada en el proceso del razonamiento y la toma de decisiones, interviniendo en la forma como se desarrollan y se modifican las creencias. La dopamina está asociada con la recompensa y la motivación, por lo que, las variaciones en los niveles de este neurotransmisor puede influir en la tendencia de una persona a adoptar creencias positivas o negativas en la forma de ver y reaccionar ante eventos de su vida cotidiana.
Los factores culturales contribuyen de manera importante a la formación de nuestras creencias personales. Estos factores engloba valores, normas, costumbres, lenguajes y símbolos compartidos por grupos sociales. Las normas y valores culturales establecen el tipo de comportamiento y las creencias deseables y aceptables en la sociedad. Estas se aprenden y adoptan en el proceso de socialización, con influencias primarias de la familia, la escuela y demás ámbitos del desarrollo personal.  Los valores, normas y creencias transmitidas por los padres o cuidadores en el entorno familiar en las primeras etapas de desarrollo son determinantes en las creencias de los niños, quienes las aprenden y adoptan por imitación, siguiendo su modelo de comportamiento.

Los factores psicológicos tienen una incidencia trascendental en la formación y fijación de creencias, especialmente, producto de las vivencias de la infancia. Estos factores incluyen los procesos cognitivos, emocionales y sociales. Los procesos cognitivos, como la percepción, la memoria y el razonamiento, influyen en cómo interpretamos nuestras experiencias y la información que confirman nuestras creencias. Tenemos una predisposición natural a buscar y valorar información que confirme nuestras creencias, conocida como sesgo de confirmación o sesgo cognitivo. Este sesgo genera distorsiones en el procesamiento de la información inherente a los estímulos que recibimos del entorno, afectando nuestra percepción y juicio de la realidad.

La satisfacción de necesidades psicológicas, como la necesidad de seguridad, pertenencia, reconocimiento y autoestima, (Maslow, 1954), clave para el bienestar psicológico y emocional, también influyen en la formación de creencias. Por ejemplo, la necesidad de sentirnos seguros y protegidos puede llevarnos a adoptar creencias religiosas o espirituales que nos proporcionan explicaciones sobre el mundo y el propósito de la vida; o la creencia en prácticas supersticiosas o en teorías que nos puedan proporcionar una explicación de sucesos extraordinarios o desconocidos, con lo cual podemos conseguir una sensación de estabilidad y control de nuestro entorno. Vincularnos a movimientos sociales, políticos o de cualquiera otra índole, nos lleva a adoptar creencias propias de ese grupo, lo cual nos proporciona un sentido de pertenencia y probablemente de seguridad emocional y apoyo. La búsqueda de reconocimiento y aprobación puede inducirnos a adoptar creencias valoradas por la Comunidad, con lo cual podemos lograr un estatus de prestigio o respeto. Por último, la necesidad de conseguir o mantener una imagen positiva de nosotros mismos, puede llevarnos a adoptar creencias que refuercen nuestra autoestima; a creer en cosas que nos hagan sentir valorados y competentes.

Otro factor psicológico que nos puede llevar a adoptar creencias son los mecanismos de defensa, como una manera de protección emocional. Por ejemplo, una persona que haya sido objeto de estafa en un negocio, puede desarrollar una creencia generalizada de que en los negocios todos quieren estafarlo.

Los factores sociales influyen continuamente en la formación y moldeado de nuestras creencias a través de las tradiciones, costumbres y valores culturales. La posición económica y la clase social pueden moldear nuestras percepciones y valores de las personas, el trabajo, la justicia social, la política y la educación, entre otros temas. Las experiencias personales vivenciadas en la interacción social generalmente refuerzan o desafían nuestras creencias, induciendo cambios de perspectivas. Las personas de nuestro entorno social inmediato pueden influir en nuestras creencias a través de la presión de grupo y la conformidad social. La exposición e interacción en los diferentes medios de comunicación, como las redes sociales, películas y noticias, etc., también pueden moldear y reforzar las creencias.
En general, formamos creencias porque nos permite justificar coherentemente nuestras actitudes y posiciones personales en las interacciones con nuestro entorno, el mundo y en la vida; o las adoptamos porque el compartirlas con otras personas nos da sentido de pertenencia, esencial para nuestro bienestar emocional y el fortalecimiento de lazos comunitarios.

Las creencias a través de la repetición y la validación continua se hacen parte de nuestra personalidad y de la forma como vemos el mundo y nos comportamos en él, presentando una alta resistencia al cambio. No obstante, pueden ser modificadas o moldeadas por experiencias significativas, crisis personales, autorreflexión y cuestionamiento crítico profundo, nueva información coherente, o por la interacción estrecha con personas influyentes con diferentes creencias.